
Cuando tu primer cuerpo desnudo
el viento silbaba por las rendijas
de nuestro refugio
acariciando las persianas leopardo
que nos moteaban las anatomías,
se paseaba sobre los muebles que
nadie se había parado a limpiar
y el polvillo se nos presentaba
en la penumbra duermevela
como polvo de hadas en un cuento
para púberes adultos.
Las voces vecinales de la mañana
murmuraban críticas destructivas
ajenas a nuestras actividades
extraoracionales y copulativas,
estudiábamos los polifemos
jugando a los cíclopes
y la
dame sans mercise colaba entre tus dedos.
Seguíamos las lecciones
agolpadas en las bocas, en los cuellos,
y con los minutos corriendo
comprendías aquello del
locus amoenus
desde el que llegar finalmente
a cabalgar sin descanso
en la parte más heroica,
las novelas de caballerías.